El amor con ELA


  Pues es ELA finalmente. Yo creía que todo provenía del Lyme, de la maldita garrapata. No sé cómo muchos científicos pueden quedarse tan tranquilos al confirmar un maldito suceso de la naturaleza. Inmediatamente, yo me abrumo tras mi depresión incipiente al ver cómo la propia biosfera no tiene ninguna compasión de mis recuerdos, del amor que le he profesado a mis padres, por ejemplo. Para ella no existen sentimientos y tampoco le importan nada nuestras emociones benignas. Después he de soportar a mucha gente, ecologistas incluidos, que un paseo por el bosque, por las praderas, por el campo mismo, por las arenas de la playa, probablemente contaminada por el afán de nosotros, los hombres, les infunde paz espiritual, al sentirnos todos uno con la pachamama. Me responden todos ellos, incluso los que más contaminan, que la naturaleza es inseparable de la muerte. Y yo les digo, ¿y el sufrimiento? Me contestan a continuación, aunque no crean ni conciban fe alguna, con la Nada: así son las cosas. Entonces resurge el fuego de mi interior, el del chimpancé que llevamos dentro o el del primo homínido del que provenimos, y les espeto con que ellos, los naturalistas, también sufrirán, lo más seguro, y con el alargue de nuestra vida, en esta sociedad moderna vendearmas, las consecuencias de un final muy doloroso, a pesar del fentanilo, donde no sentirán el sabor ni el aroma de las comidas, y donde puede que ya no puedan caminar tampoco, hacer casi nada con las manos, dependiendo siempre de los demás o del día aciago, o no, que tengan las auxiliares, casi siempre estresadas por la primera ley del Capitalismo: sacar el máximo beneficio posible de todo negocio, aunque sea con los nuevos esclavos. Las religiones siempre han sabido adaptarse a la economía. Por ejemplo, en Europa los reformistas supieron incidir en la fe y mucho menos en las obras, y los católicos se lo montaron reduciendo la justicia del traicionado Jesús, a la caridad y a lo que Dios nos deparará en el Juicio final. Yo, un católico con inmensísimas dudas sobre mi propia naturaleza religiosa, jamás he entendido el papel teológico de los esclavos romanos en el periodo post-Constantiniano, el de los encadenados de Bizancio, o el de los siervos de la sacrosanta Edad Media, de los cautivos africanos en América o de los nuevos siervos modernos y denominados obreros desde el siglo XIX.